BREVE CUENTO DEL JUEVES SANTO

Primer café de la mañana. Hace dos horas que el Jueves Santo se levantó. En pijama, ha recorrido despacio cada habitación de la casa, que sigue vacía. La tristeza no sirve como compañera. Duchado, afeitado y fresco como una azucena blanca, se ha acercado al armario pero ni siquiera ha tenido fuerza para abrir la puerta. Sentado en la cama, ha permanecido media hora sin saber qué hacer. Desorientado y  confuso como si un tornado se hubiera llevado todos sus recuerdos. Huérfano de la música conocida que siempre lo arropa y lo guía, asustado en este silencio forzado, angustioso y frío.

Las horas que se suceden. Sin ganas de comer, se sirve un vino tinto con un pedazo de pan y un trocito de queso. Se acerca a la ventana del comedor para asomarse al cielo. La angustia de no poder cambiar el rumbo, el ritmo, los pasos, los ecos. Después viene lo peor. Empieza a sentirse el alma más que revuelta y el corazón demasiado encogido. Las ganas de llorar empujan fuerte en la garganta. Cierra los ojos y al instante, con la alegría de un chiquillo, se ve a sí mismo abriendo iglesias, tiñendo las calles con ropas moradas, granates, verdes; encendiendo velas en tulipas, secándole lágrimas a las soledades, elevando baquetas de tambores, haciendo vibrar el aire y bailar a las nubes, compartiendo cuchicheos, mezclando lloros de bebés con sonrisas adolescentes. Recubriendo gustoso los terciopelos y las mantillas. Regocijándose en el incienso y en las flores. Entusiasmado, perfila su rostro trepando cuestas como una ola que avanza a contracorriente, doblando esquinas, cruzando arcos de piedra hasta bañar con una marea de emociones la Playa Mayor.

Abre los ojos y entonces sonríe. Sonríe porque se da cuenta de que aunque hoy no esté, siempre está. Porque constituye una realidad eterna que nunca deja existir, y acaba de ser consciente. Es una foto amarilla por el paso de los meses, guardada con esmero en la cartera, que sacamos a la luz para darle color y mantenerla vibrante y luminosa otro año más. Nunca está ausente, vive por nosotros y en nosotros. Recorre nuestras venas como dulce sangre que nos alimenta en el dolor y la pena y que, como una letra de nuestro nombre, no podemos ignorar ni abandonar. Está en las espinas de la vida, en la madera de los pinos, y los ríos que van al mar. Pertenece a nuestra carne, respira por nuestros poros, mira a través de nuestros ojos. Tranquilo puedes estar, Jueves Santo. Ni nosotros estamos solos ni tu casa estará nunca vacía. El año que viene nos abrazamos de nuevo.

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