CINE · RESEÑA

Barbie lee a Sartre

¿Cuánto jugasteis en la infancia con las Barbies? ¿Poco, mucho, nada? Yo recuerdo haber usado bastante la mía, la verdad, aunque es cierto que siempre preferí a la Chabel. Me parecía más cercana a mí, más antropocéntrica y más proporcional al mundo. Más renacentista, para entendernos.
Mi Barbie me parecía demasiado de todo: demasiado alta, demasiado rubia, demasiado pechugona,… Eso sí, yo vivía fascinada con sus pies. Ese pie con un empeine maravilloso propio de bailarina al que le quedaba bien cualquier zapato. De hecho, recuerdo haber comprado (ya veintrañera, confieso) un juego de zapatos para Barbie por el simple placer de cambiárselos de vez en cuando. Siempre de tacón, eso sí. Barbie siempre miró al mundo con unos centímetros extra.
Ahora, después de haber visto la tan publicitada película de Greta Gerwig, tengo que decir que no me ha fascinado. Ops.

No obstante, me han gustado dos cosas mucho de la peli. La primera, a propósito de perspectivas: la idea de que Barbie sufra síntomas que derivan en una crisis existencial, y que uno de ellos sea que sus pies dejen de tener un perpetuo arco y se vuelvan planos. Buen gancho metafórico. Es ahí cuando Barbie empieza experimentar su realidad de otra manera, más oscura y llena de incertidumbre. Para solventar esa fisura que resquebraja su proyecto de vida ya prefijado, tendrá que dejar Barbieland y venir al mundo real para encontrar a la niña que juega con ella, ya que todos sus males provienen de la mano titiritera que mueve los hilos de sus emociones. Porque si la niña juega feliz con su muñeca, Barbie será feliz, y al contrario. Todos los miedos que experimenta el personaje a lo largo de este periplo están bien perfilados, y muy bien interpretados por Margot Robbie que le aporta sensibilidad y hondura a la rubia estereotípica a la que representa. Esta Barbie pensadora tendrá que decidir a lo largo de la trama cuál es su papel en el mundo.
Lo segundo que me ha gustado ha sido Ken. Diría que es lo más sobresaliente. Este Ken de Ryan Gosling bobalicón y débil, que vive relegado al ostracismo (como todos los ken en Barbie Land, por otro lado) pavoneándose delante de Barbie para reclamar su atención sin obtener grandes resultados.

Cuando descubra que en el mundo real los hombres tienen el poder e implante el patriarcado en Barbieland llegarán los momentos más divertidos del film que giran, casi todos, en torno a él o al resto de personajes masculinos, como el tontorrón de Alan. Alrededor de Ken se construyen las escenas más hilarantes como la lucha entre los kenes a lomos de caballos de juguete, la coreografía en imitación del Hollywood años 50 como pura autoafirmación de su valía o el momento en que finalmente Ken comprende que tiene que iniciar una nueva vida sin Barbie sufriendo así una repentina crisis de identidad. Ese plano de Ken bajando por el tobogán rosa intenso de la casa de ensueño de Barbie mientras canta eufórico “I dont know who I am” (no sé quién soy) excitado ante el futuro emancipatorio que brota ante sus ojos es para mí lo mejor de todo el metraje.
Así que digamos que la película es entretenida sin más, a pesar de que se ríe de todos los hombres que desfilan por la cinta como guiño al público femenino, y no llega a configurar ningún manifiesto feminista como se estaba pregonando. Obviamente porque se trata de un producto comercial que aspira a llevar muchos espectadores al cine. Lo cual creo que tampoco está mal.