CULTURA

MARZO Y LA LIBERTAD

Ha sido marzo para mí el mes de la pureza y la libertad, y os paso a explicar por qué. La culpa la tienen Roca Rey, Albert Serra y la cantante Vega. Tres nombres. Tres lados de una pirámide que confluyen en un mismo vértice: el del compromiso con tu profesión, el de la esclavitud elegida hacia una vocación, caiga quien caiga, incluso tú mismo.

Empezó intensa la tercera hoja del calendario con la impactante Tardes de soledad, un documental vibrante, una intervención cinematográfica en el oficio del matador de toros por un director con ojo de lince y pulso de buen cirujano. El séptimo arte modelando con imágenes y sonidos el lenguaje del toreo. Serra nos ha ofrecido una mirada sobrecogedora, honesta, cargada de significado estético y ético; y además exenta, gracias a Dios, de política y de folcloreo. Es una figura curiosa la de este cineasta, con apariencia de roquero de la movida vestido para un desfile de Prada , que se desenvuelve en las entrevistas entre la desgana y el autoconvencimiento. He visto estas semanas varias de sus charlas en Youtube y me parto de la risa con su menefreghismo, término italiano que describe una actitud y que la RAE define con varias acepciones:

1. Meresbalatodoloqueustedopine;

2. Meimportaunpedoloquepiensenlosdemás;

3. Señorayamíquémeestácontando.

Sus respuestas sin nada de corrección política son lo más fresco e independiente que vais a encontrar en el panorama actual de los creadores patrios.

Y se lo puede permitir: ha creado una obra maestra, original y profunda, que supone toda una experiencia para el espectador. Pero de las que hay que catar en la sala de verdad, con la pantalla grande. Algo muy cercano a la vivencia mística, con un halo de misterio, de ensoñación. Serra le ha hecho a la tauromaquia una biopsia como si fuera la vida misma, enfrentando al espectador con su propia naturaleza humana.

“Para mí, mi mundo, el mundo del toreo es el resumen de la vida, nunca he visto la vida resumida en ningún mundo más que en el toro. Existe la belleza, la frialdad, la pasión, la entrega, la vida, la muerte, la sangre, el triunfo, la gloria, el fracaso y las lágrimas. Las lágrimas…muchas tardes…hasta las de triunfo”. Son palabras del protagonista del documental, Roca Rey, durante la entrevista con Vicky Martín Berrocal en su pódcast de salón minimalista. Una conversación calmada, con un tempo que recuerda al ritmo en la charla de Jesús Quintero. El torero también le ha contado a la andaluza que fue una tarde de corrida en Cuenca cuando vio con claridad que necesitaba urgentemente un cambio de tercio en su vida. Ha confesado que, aun estando rodeado de gente por todos lados, se sentía solo y vacío. No sabemos si este punto de inflexión vino provocado por algún aspecto concreto de nuestra ciudad o si sencillamente ese día las tribulaciones que le estaban atenazando explotaron todas juntas en su mente y fue entonces que tomó la decisión de operar ciertas modificaciones en su propio ser. A partir de ahí, declara que se retiró un mes en Suiza para reflexionar, escribir y reconfigurar su yo interior. Roca Rey, que según pasan los años me sigue pareciendo un niño demasiado alto para su edad, dice que dialogar consigo mismo es la clave para ser feliz, que eso le mantiene centrado y le asegura su bienestar mental. De toreros filósofos no estamos muy sobrados en este país, si no me equivoco. Y eso me tiene fascinada.

Leí hace unos días su entrevista para el Abc dominical y, preguntado sobre el documental de Serra, su contestación resultaba un poco vaga y generalista porque evitaba hacer una valoración del film. Es curioso porque Serra ha afirmado en más de una ocasión que al torero no le gustó el documental por considerar que no respondía al rigor cronológico que había supuesto su exitosa temporada, que con el paso de los meses fue de menos a más. Seguramente el torero imaginaba otro estilo de narrativa en el montaje, que no se ha correspondido con las intenciones expresivas del director catalán.

Es aquí donde surge una sugestiva discrepancia entre dos artistas, dedicados en cuerpo y alma a su oficio, respecto al modo en que cada uno tira para su lado y se justifica en base a la honestidad hacia su propia disciplina. Dice Serra: “El tenía la razón moral, yo tenía la razón estética”[1]. El torero quiere lucirse y reflejar su progresiva mejoría. El cineasta quiere lograr un buen documental. Este compromiso es paradójicamente lo que les une en el fondo. Esta intención de permanecer íntegro en tu trabajo revela el alto grado de deber ético respecto a tu profesión. Por ejemplo, Roca Rey lleva tiempo afirmando que va a torear menos para poder ofrecer faenas de más calidad, y es una decisión que le honra. Muy cerca de esto, Albert Serra repite por activa y por pasiva que él ha hecho y va a seguir haciendo sus películas como le venga en gana y que le da igual si tienen éxito comercial o no.

Y aquí es donde entra en escena la tercera en discordia: la cantante cordobesa Vega, que el sábado 22 de marzo brindó un concierto memorable en la sala But de Madrid. La artista sacó el pasado otoño un disco brutal, Ignis (fuego en latín), al cual se propuso insuflarle tanta alegoría que, cuando coges el vinilo, cubierto por un barniz negro termosensible, tienes que quemarlo si quieres ver la portada. Literalmente. Y viene incluso con las cerillas. Un disco que se mueve tremendamente cómodo en el terreno de lo conceptual y que cautiva con sus once pequeños grandes himnos para nuestras pequeñas grandes derrotas y victorias personales. Con este álbum, Vega pretende cerrar el círculo de los cuatro elementos tras Wolverines (2013), tierra; La reina pez (2018), agua; y Mirlo Blanco (2022), aire. Ella lo explica así: “Quizás no nos damos cuenta que cuando pasa un fuego y nos arrasa, quedan cenizas nuestras ahí. Y hay que ver el fuego no solamente como algo que arrasa sino como algo que purifica”[2]. Y entonces el Ave Fénix asiente, complacido. Todo un juego de metáforas que vuelan libres dentro de estos once renaceres forzosos y forzados, aderezados por la mano de Ricky Falkner, habitual de Iván Ferreiro y Los Planetas, en una producción exquisita, rotunda, potente e inteligente, con estribillos tan pegadizos como catárticos.

Con su pelo larguísimo -entre la cantautora hippie, la “Marinero de luces” y niña de secta religiosa en “La Mesías”-, re-vestida (se cambió de outfit) con unos pantalones negros de lentejuelas y la camiseta del álbum “Una semana en el motor de un autobús”, y con la guitarra pegada a las entrañas, Vega nos ganó a todos con sus desahogos dolientes y sus mensajes de fortaleza y rebeldía, peinándose y despeinándose la melena y el alma en cada canción. Y se mostró como creo que es: talentosa, altamente sensible y vigorosamente resistente. Se emocionó en varias ocasiones y reivindicó su lugar en una industria cruel de consumo rápido que cada vez entiende menos de música y más de fast food. Un momento conmovedor cuando el público levantó en mano y en alto los crisantemos que se distribuyeron a la entrada (mi amiga y yo nos quedamos sin flores -emoticono de resignación- ¿dónde estaban esas personas que las repartían?), extendiéndose en ese momento ante el escenario una alfombra de pétalos blancos, como un campo que rebrota en primavera, para acompañar a una canción en la que se despide “con amor” a alguien que te hizo trizas en el pasado. Fue imposible mantener sobrias a las emociones.

Quiero desde mi humilde rincón reclamar a Vega por sus composiciones y su calidad como músico. Se merece brillar en escenarios de mayor dimensión que la puedan emplazar en un lugar menos marginado y más resplandeciente. La banda que le acompaña, compuesta por seis personas, que incluyen al propio Falkner, sonaba demasiado bien para una sala tan pequeña. Vega y sus canciones personifican la esperanza para ese tipo de música, fruto del saber hacer y de la agudeza tanto en las letras como en lo sonoro, que podría fácilmente pasar a ser banda sonora de tu vida si le das la oportunidad, y que ya casi debemos catalogar como anacrónica. Ella sigue nadando a contracorriente, como su “Reina pez”, frente a una industria dedicada a pergeñar churros en vez de temas musicales con algo que decir. Siempre crítica y combativa, hace gala allá donde va de su empeño por no doblegarse ante el Goliat estructural al que una vez perteneció: hace años, cansada de no sentirse valorada, se bajó del barco para remar por libre y al final montó su propia discográfica: La Madriguera.

Y así, impulsados con sus propias fuerzas, van el torero, el cineasta y la cantautora, avanzando cada uno por su camino. Tres seres consagrados a la expresión artística y que representan la pureza de la entrega a una pasión. Una entrega que cobra peajes y que tiene mucho de arrodillarse ante el altar del sacrificio como primer paso antes del sublime momento de crear, ya sea toreando, dirigiendo una película o dándole forma a una canción.

Tres artistas que perseveran en su afán de libertad, creativa y personal, y que conmigo han dado en la diana. Me han atravesado de norte a sur, y de pulmón a corazón. Me corroe la envidia hasta el infinito. Son valientes, perspicaces y obstinados. Pero, por ese mismo motivo, les admiro profundamente.


[1] Canal Filmoteca Española, (14/12/24), “Albert Serra presenta Tardes de soledad” (2024). YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=AtQ7B9wTW20

[2] Ivànyez, Javi, Canal “eh!”, (21/11/2024), “VEGA | El Escaparateh! de Javi Ivànyez 3×12”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=pOfNTVCAc4E)

CINE · OUTFITS

Joker: folie à deux

No sé cuántos dramas musicales conocéis, pero no suelen ser muy comunes. A menos no de este tipo. Los musicales en gran pantalla suelen basarse en escenas de exhibición coreográfica o vocal. Escenas majestuosas donde se despliega una gran capacidad técnica, tanto en el momento de ejecutarlas como de grabarlas. Acordaos de El mago de Oz, Melodías de Broadway o West Side Story. Estaban concebidas para el disfrute de las masas, para salir del cine chapoteando sobre los charcos con el paraguas abierto, pensando en que verdaderamente la vida merece la pena.

Aquí no hay nada de eso. El Joker 2 no es uno de estos musicales en los que se exalta la alegría de vivir mediante bailes grupales y coloristas como ejercicios de gimnasia artística o mediante el claqueteo primoroso bajo el embrujo del amor; sino uno en el que se recalca a cada segundo la tragedia de la existencia, el drama de la vida en personajes que sobreviven torturados por su propio desequilibrio mental.

Esta segunda entrega del Joker juega a eso: a componer un film musical hilado con piezas conocidas dentro de la música popular del siglo XX que en su origen estaban destinadas a provocar de forma instantánea el júbilo y el regocijo en el público, desde “That’s life”, a “That’s entertainment” hasta llegar a “For once in my life”. Pero tan reconocibles canciones están aquí puestas del revés, dadas la vuelta. Las voces luminosas de Dean Martin o Stevie Wonder son arrastradas al extremo contrario, reconvirtiéndose ahora en vehículo expresivo para los personajes de Joaquin Phoenix y Lady Gaga, que las usan para poner de manifiesto su vulnerabilidad (el primero), y su turbiedad y capacidad de manipulación (la segunda).

Quedan así estas canciones, pertenecientes a nuestro imaginario colectivo, insertadas en un contexto que no les es propio y, por tanto, resignificadas para la cultura popular en estas dos voces que recurren a los temas como elemento narrativo para revelar sus propias heridas, derivadas del sufrimiento interno, la rabia o la necesidad de conseguir sus propósitos, como en el caso de Harley Quinn. Voces que encuentran en estas canciones un canal de expresión para sus retorcidas emociones. Gracias a esos temas musicales (modelados a ritmo más lento, con más jazz en lo instrumental, más oscuros, en definitiva), los protagonistas revelan su personalidad proyectando sus aspiraciones y sueños, así como sus temores más profundos.

Tengo que decir que habría preferido a una Lady Gaga menos entonada y más imperfecta, que pierde su veracidad cuando se pone a cantar al piano como en uno de sus conciertos. En ese momento, he dejado de ver a la actriz y he visto solo a la cantante que se aderezaba hace unos años con vestidos de carne cruda para asistir a las entregas de premios. Es lo único que me ha chirriado en más de dos horas de película. Porque la tensión permanece intacta de principio a fin.

Ese estar moviéndote por aguas pantanosas todo el rato, entre la realidad del hospital psiquiátrico y del juicio al Joker, y la fantasía en la que viven ambos protagonistas, cada uno a su manera. El viajar por la dualidad de ambas identidades, sobre todo en Arthur Fleck, y el drama que supone verse forzado a sacar su cara más siniestra para ser aceptado. La intranquilidad por no saber nunca cuándo va a surgir el míster Hyde a través de esa diabólica sonrisa de payaso malogrado ni en qué va a desembocar la relación amorosa entre ellos te deja pegado a la butaca.

Este joker sigue siendo esa personalidad tan maltrecha como fascinante de la primera parte, con un actor tan sublime que roza lo indescriptible con palabras, y un director que se ha puesto la historia del Joker por montera y ha hecho lo que le ha dado la gana, lo cual es muy de admirar.

Hay a lo largo del metraje poco cielo, bastante lluvia, muchos cigarrillos y una atmósfera muy jodida supurante de tristeza, soledad y desesperanza. ¿No os recuerda a algo esa realidad tan deprimente? Con una sociedad enferma, movida por la violencia y el morbo, que solamente parece necesitar un ídolo de barro tras otro que sepa mantener alto el listón del espectáculo con la promesa de un futuro “mejor”. Pero que, en cuanto se muestre más humano de lo deseable, será tirado de cabeza a la basura sin remordimientos.

Sueños que se desintegran, ilusiones que se convierten en gotas arrastradas por la lluvia y que consiguen despertar nuestra compasión hacia este Joker cantarín que, en el fondo, solo estaba reclamando un poco de amor. Si tú también alguna vez has acudido a la música como alivio y refugio cuando el mundo se tornaba hostil y anhelabas una realidad paralela en la que ser feliz, vas a entender muy bien a este Joker. Y te va a gustar la película.

LIBROS · RESEÑA

Un tiempo propio

(“Una habitación propia” reúne cinco conferencias escritas por Virgina Woolf en 1928 dirigidas a mujeres universitarias en Cambridge. Un ensayo que, como sabemos, ha influido fuertemente en todo el feminismo posterior hasta el día de hoy)

Leí el archifamoso ensayo de Virgina Woolf hace más de veinte años, cuando aún estaba estudiando Bellas Artes, y no me causó ningún tipo de impacto. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ayer lo cogí de nuevo entre mis manos y apenas terminado esta mañana, me he sentado al ordenador para escribir una breve actualización en respuesta a sus palabras.

La tesis de la escritora inglesa era bien clara, una mujer para poder dedicarse a la escritura necesitaba una habitación propia y quinientas libras al año para poder mantenerse económicamente. A partir de ahí, echa la vista atrás, al periodo de Isabel I, para poner en evidencia la desfavorecida situación social que las mujeres han padecido a lo largo de los siglos en Inglaterra y que les ha impedido, a aquellas que  sentían el deseo de plasmar por escritos sus pensamientos, elegir el camino de la creación sin cortapisas. Obviamente, las mujeres vivían sometidas al dictado de los hombres y a las exigencias derivadas de los hijos y de la casa, una barrera que les imposibilitaba tomar sus propias decisiones sin presiones, juicios externos o incluso violencia física. El encorsetamiento fruto de la estructura social imperante, indica Woolf, nos ha privado de contar con muchas más escritoras de las que actualmente conocemos.

A partir del siglo XIX, a pesar de las fantásticas escritoras inglesas que se arriesgaron a escribir con aspiraciones literarias (Austen, las hermanas Brönte, George Sand), insiste Woolf en que seguramente lo hicieron condicionadas por sus circunstancias más próximas, lo que tampoco les permitió expresarse, ni en forma ni en contenido con total autonomía (los capítulos 3 y 4 son los más interesantes en cuanto a análisis literario). Sin embargo, cabe destacar que por fin las mujeres se lanzaron a escribir historias que de forma evidente para el lector habían salido de una pluma femenina. No trataban ya de imitar ni el estilo ni las tramas impuestas por los hombres escritores.

Ahora, cambiemos de contexto, ¿cómo está el panorama en la actualidad para una mujer que decidiera ponerse a escribir, a pintar, a actuar o a dibujar de manera profesional? A pesar de que la posición social de las mujeres ha mejorado respecto a 1928, algunas cuestiones permanecen intactas. Me refiero sobre todo a las madres trabajadoras. Pongamos el ejemplo de una mujer que quisiera dedicarse profesionalmente a la ilustración de cuentos, pero que en la actualidad se gana el pan en una oficina: ¿cuánto tiempo tendría disponible trabajando todas las mañanas de lunes a viernes con dos niños en edad escolar, y con un marido que a su vez trabajara con horario partido de nueve a dos y de cuatro a siete? Poco espacio para la maniobra habría por las tardes, entre actividades extraescolares, deberes, cenas, duchas y demás imprevistos. Quizás nuestra madre trabajadora podría sentarse a dibujar durante media hora, con suerte una hora, mientras los niños han terminado los deberes y se entretienen jugando. Pero seguramente las interrupciones serían tan constantes que al final se enervaría y acabaría por apagar el ordenador o cerrar el cuaderno. Podría esperar a que llegara su marido para que se ocupara de las duchas y la cena, pero a veces el marido ha quedado para jugar al pádel o para tomar unas cervezas con los compañeros de trabajo. Así que, su pequeño gozo, en un pozo. Alomejor durante el fin de semana la cosa cambiaría y tendría un poco de tiempo que destinar a sus ilustraciones, pero llegarían los partidos de fútbol de los niños, o la exhibición de judo, o el teatro de marionetas en el centro de la ciudad… El sábado y el domingo han pasado deprisa y sin hueco para estar sola y poner orden en todas las ideas que le bullen en la mente. Así, pasa una semana y otra, un mes y otro mes. “Quizás en verano sea posible”, “quizás en Navidad”, “quizás en Semana Santa”. Quizás, quizás, quizás.

La frustración crece, los nervios se alteran y en la mayoría de casos se acaba renunciando a una vocación que llama a la puerta todos los días, esperando a que alguien le haga caso. Pero en esta sociedad en la que vivimos, o intentamos “vivir”, la falta de tiempo es la enfermedad más extendida a tenor de las quejas que todos los habitantes del primer mundo proferimos. O al día le faltan horas para llegar a desarrollar todas las cosas que tenemos pendientes, o realmente somos nosotros, que demostramos una incapacidad permanente para organizar nuestras tareas en base a un horario productivo.

Ahora poneos en esta situación: la madre trabajadora decide enfrentarse a la despiadada apisonadora de la rutina y quiere ponerse a dibujar o a escribir en serio. Para ello pide una tarde libre a la semana para poder estar tranquila y pensar con claridad. ¿Qué ocurriría? ¿Creéis que la gente de alrededor la apoyaría, su marido, sus amigos, sus familiares, y que harían todo lo posible para respetar ese paréntesis que la madre está solicitando? ¿O sucedería que se toparía con la incomprensión y el enfado del marido, la crítica de los amigos y los reproches de los familiares?

¿Cuál es sinceramente la realidad en la que nos hallamos?

No solo se requiere de un espacio para la concentración, como pedía Woolf, y de una vida semiordenada que te permita vivir sin demasiadas carencias económicas, sino que se torna indispensable disponer de un tiempo propio, un tiempo sin niños que te reclamen ni marido que pregunte por ti, sin llamadas de teléfono, sin obligaciones laborales, sin tener que pensar qué hacer para la cena ni qué comprar en el súper. Un tiempo libre de ataduras dedicado exclusivamente a la creación, ya sea literaria, pictórica o fotográfica. Y algunos dirán, “pues si quieres ser artista, no te cases y no tengas hijos”. Y ahora alguien con dos dedos de frente que me explique cuál es el razonamiento válido detrás de esta gran estupidez. ¿Por qué tenemos que elegir entre una familia y una vocación? ¿A cuántos hombres artistas se les pregunta cómo llevan ellos la conciliación familiar, cuántas horas pasan al día con sus hijos o si sienten remordimientos por ocuparse demasiado de sus quehaceres? Y aquí entramos en el peliagudo asunto de la culpabilidad, que viene de regalo con el parto, y que cada madre siente cuando se concede una pequeña parcela de autocuidado, o simplemente de anhelado aislamiento, con el temor de estar convirtiéndose en peor madre por ello. Es todo tan absurdo y tan injusto pero, seamos honestos, es precisamente lo que está sucediendo.

Por lo tanto, decidme, ¿qué es lo que se precisaría para fomentar la aparición de más mujeres escritoras, directoras de cine, pintoras, fotógrafas…? Me gustaría saber vuestra opinión. Os leo.

LIBROS · RESEÑA

Un amor, de Sara Mesa

Esta tarde he terminado de leer la novela “Un amor”, de Sara Mesa. Me la he bebido en dos días. Hoy es Sábado Santo, 30 de marzo, y esta semana ha llovido tanto en Cuenca que se han suspendido prácticamente todas las procesiones. Ha sido con seguridad la Semana Santa más deslucida desde hace muchas décadas en nuestra ciudad.
He comenzado a redactar esta pequeña reseña al calor de las poderosas imágenes del film “La historia más grande jamás contada”, que están pasando por el canal Trece. No la he visto desde el principio, pero llevo ya un rato escuchando al portentoso Max Von Sydow (probablemente el actor que mejor ha encarnado a Jesús de Nazaret) esparcir mensajes de amor entre los habitantes de Galilea, y ahora, mientras carga con su pesada cruz camino del monte Calvario, alguien aparece para auxiliarle (Sidney Poitier) y llevarle la cruz durante algunos metros, en un gesto de arriesgada generosidad. Y pienso en cuánto amor hay en ayudar al prójimo de manera altruista, como hace el Cirineo con Jesús, y en que poco amor hay en “Un amor”, la novela escrita por Sara Mesa.

En ella, el personaje principal es Nat, una joven traductora, llena de dudas y con una actitud bastante pusilánime, que acaba de dejar su trabajo para trasladarse a una vieja casa pero de alquiler barato en La Escapa, una pequeña zona rural de España. No ha elegido este pueblo por placer, sino por necesidad. Y desde el comienzo, todos los factores parecen sumarse en su contra: la casa está destartalada, su casero es un ser abominable, el perro que este le lleva a petición suya es antipático y desastrado, y en el pueblo, la desconfianza transita plácidamente y salta como una pulga de casa en casa. Tan solo Píter, al que llaman “el hippie”, brindará a Nat un pequeño destello de amistad, aunque siempre le parecerá que él guarda otra intención. Porque Nat no se acaba de encontrar a gusto ni con ella misma, ni con la casa (que no para de mostrarse defectuosa) ni con los que tiene alrededor.


Debido a su soledad y a la desubicación que padece, tanto emocional como profesionalmente (se está iniciando con la traducción literaria, pero le resulta tremendamente complejo el hecho de tener que elegir entre una palabra y otra), se ve inmersa en una extraña relación con un vecino, Andreas, que levanta suspicacias entre todos los convecinos y que representa una de las figuras masculinas básicas a lo largo del relato. Un hombre distante, con el que es capaz de fundirse físicamente para gozar del placer sexual, pero al que desconoce por completo y que nunca hace el esfuerzo de conectar con ella ni con sus emociones. Eso la descoloca aún más  y acaba naufragando en su propio horizonte de expectativas no cumplidas. El nexo que les une deriva de la atracción física a la frialdad y el distanciamiento, lo que provocará la ruptura. Andreas despertará en Nat un insondabile desconcierto que ni ella misma es capaz de comprender, al tiempo que desata sus celos más primarios en un proceso de animalización que la lleva a realizar actos poco razonables.

Además Píter, el amigable vecino siempre dispuesto a ayudarla, reacciona contra ella cuando más apoyo necesita como consecuencia de un incidente con el perro, que ya había empezado a darle a Nat alguna muestra de cariño. Aparte, tenemos a la familia modélica que ha heredado la casa de la parcela aledaña. Una familia en apariencia perfecta que, sin embargo, puede convertirse en diábolica en cuestión de segundos. Otros personajes que intervienen en la trama son el matrimonio de ancianos, abandonados por su hijo, que sobreviven cada día a pesar de la demencia de ella y la incipiente ceguera de él. Es destacable, sobre todo, la presencia de la mujer, Roberta, la antigua maestra del pueblo, que le insiste siempre a Nat, con frases que aparentemente carecen de lógica, en la falta de comprensión entre unos y otros dentro del microcosmos hostil que es La Escapa.


El lenguaje, la comunicación, resultan esenciales en el desarrollo de los personajes. Nat está constantemente intentando entender el mundo que de repente se ha convertido en su hábitat, pero al que no es capaz de acoplarse, quizás porque ni quiere ni puede. Y ya dijo Darwin que no sobreviven las especies más fuertes ni las más inteligentes, sino las que mejor se adaptan a los cambios de su entorno. Nat, no se siente fuerte y va poco a poco perdiendo la batalla de la adaptación y la aceptación de su persona, reencarnando un proceso de desromantización del mundo rural en toda regla, en un momento como el actual en el que nos parece que todas las soluciones a nuestros problema están en el abandono de la vida urbanita frente a la idealizada vida rural.

En consecuencia, respecto a la cuestión ¿el medio hace al hombre o es el hombre el que hace al medio? Sara Mesa parece situarse en el segundo bando, pues los lazos de difidencia y egoísmo que determinan la idiosincrasia de un lugar son producto de las acciones cotidianas de sus habitantes. Somos nosotros con nuestros actos los que revestimos los espacios de mayor o menor habitabilidad. No obstante, la autora le regala a la protagonista en la escena final un hilito de paz, una pequeña victoria que arroja un poco de luz y esclarece el polvoroso camino que ha recorrido hasta ese momento.