CINE · OUTFITS

Joker: folie à deux

No sé cuántos dramas musicales conocéis, pero no suelen ser muy comunes. A menos no de este tipo. Los musicales en gran pantalla suelen basarse en escenas de exhibición coreográfica o vocal. Escenas majestuosas donde se despliega una gran capacidad técnica, tanto en el momento de ejecutarlas como de grabarlas. Acordaos de El mago de Oz, Melodías de Broadway o West Side Story. Estaban concebidas para el disfrute de las masas, para salir del cine chapoteando sobre los charcos con el paraguas abierto, pensando en que verdaderamente la vida merece la pena.

Aquí no hay nada de eso. El Joker 2 no es uno de estos musicales en los que se exalta la alegría de vivir mediante bailes grupales y coloristas como ejercicios de gimnasia artística o mediante el claqueteo primoroso bajo el embrujo del amor; sino uno en el que se recalca a cada segundo la tragedia de la existencia, el drama de la vida en personajes que sobreviven torturados por su propio desequilibrio mental.

Esta segunda entrega del Joker juega a eso: a componer un film musical hilado con piezas conocidas dentro de la música popular del siglo XX que en su origen estaban destinadas a provocar de forma instantánea el júbilo y el regocijo en el público, desde “That’s life”, a “That’s entertainment” hasta llegar a “For once in my life”. Pero tan reconocibles canciones están aquí puestas del revés, dadas la vuelta. Las voces luminosas de Dean Martin o Stevie Wonder son arrastradas al extremo contrario, reconvirtiéndose ahora en vehículo expresivo para los personajes de Joaquin Phoenix y Lady Gaga, que las usan para poner de manifiesto su vulnerabilidad (el primero), y su turbiedad y capacidad de manipulación (la segunda).

Quedan así estas canciones, pertenecientes a nuestro imaginario colectivo, insertadas en un contexto que no les es propio y, por tanto, resignificadas para la cultura popular en estas dos voces que recurren a los temas como elemento narrativo para revelar sus propias heridas, derivadas del sufrimiento interno, la rabia o la necesidad de conseguir sus propósitos, como en el caso de Harley Quinn. Voces que encuentran en estas canciones un canal de expresión para sus retorcidas emociones. Gracias a esos temas musicales (modelados a ritmo más lento, con más jazz en lo instrumental, más oscuros, en definitiva), los protagonistas revelan su personalidad proyectando sus aspiraciones y sueños, así como sus temores más profundos.

Tengo que decir que habría preferido a una Lady Gaga menos entonada y más imperfecta, que pierde su veracidad cuando se pone a cantar al piano como en uno de sus conciertos. En ese momento, he dejado de ver a la actriz y he visto solo a la cantante que se aderezaba hace unos años con vestidos de carne cruda para asistir a las entregas de premios. Es lo único que me ha chirriado en más de dos horas de película. Porque la tensión permanece intacta de principio a fin.

Ese estar moviéndote por aguas pantanosas todo el rato, entre la realidad del hospital psiquiátrico y del juicio al Joker, y la fantasía en la que viven ambos protagonistas, cada uno a su manera. El viajar por la dualidad de ambas identidades, sobre todo en Arthur Fleck, y el drama que supone verse forzado a sacar su cara más siniestra para ser aceptado. La intranquilidad por no saber nunca cuándo va a surgir el míster Hyde a través de esa diabólica sonrisa de payaso malogrado ni en qué va a desembocar la relación amorosa entre ellos te deja pegado a la butaca.

Este joker sigue siendo esa personalidad tan maltrecha como fascinante de la primera parte, con un actor tan sublime que roza lo indescriptible con palabras, y un director que se ha puesto la historia del Joker por montera y ha hecho lo que le ha dado la gana, lo cual es muy de admirar.

Hay a lo largo del metraje poco cielo, bastante lluvia, muchos cigarrillos y una atmósfera muy jodida supurante de tristeza, soledad y desesperanza. ¿No os recuerda a algo esa realidad tan deprimente? Con una sociedad enferma, movida por la violencia y el morbo, que solamente parece necesitar un ídolo de barro tras otro que sepa mantener alto el listón del espectáculo con la promesa de un futuro “mejor”. Pero que, en cuanto se muestre más humano de lo deseable, será tirado de cabeza a la basura sin remordimientos.

Sueños que se desintegran, ilusiones que se convierten en gotas arrastradas por la lluvia y que consiguen despertar nuestra compasión hacia este Joker cantarín que, en el fondo, solo estaba reclamando un poco de amor. Si tú también alguna vez has acudido a la música como alivio y refugio cuando el mundo se tornaba hostil y anhelabas una realidad paralela en la que ser feliz, vas a entender muy bien a este Joker. Y te va a gustar la película.

CINE · RESEÑA

Barbie lee a Sartre

¿Cuánto jugasteis en la infancia con las Barbies? ¿Poco, mucho, nada? Yo recuerdo haber usado bastante la mía, la verdad, aunque es cierto que siempre preferí a la Chabel. Me parecía más cercana a mí, más antropocéntrica y más proporcional al mundo. Más renacentista, para entendernos.
Mi Barbie me parecía demasiado de todo: demasiado alta, demasiado rubia, demasiado pechugona,… Eso sí, yo vivía fascinada con sus pies. Ese pie con un empeine maravilloso propio de bailarina al que le quedaba bien cualquier zapato. De hecho, recuerdo haber comprado (ya veintrañera, confieso) un juego de zapatos para Barbie por el simple placer de cambiárselos de vez en cuando. Siempre de tacón, eso sí. Barbie siempre miró al mundo con unos centímetros extra.
Ahora, después de haber visto la tan publicitada película de Greta Gerwig, tengo que decir que no me ha fascinado. Ops.

No obstante, me han gustado dos cosas mucho de la peli. La primera, a propósito de perspectivas: la idea de que Barbie sufra síntomas que derivan en una crisis existencial, y que uno de ellos sea que sus pies dejen de tener un perpetuo arco y se vuelvan planos. Buen gancho metafórico. Es ahí cuando Barbie empieza experimentar su realidad de otra manera, más oscura y llena de incertidumbre. Para solventar esa fisura que resquebraja su proyecto de vida ya prefijado, tendrá que dejar Barbieland y venir al mundo real para encontrar a la niña que juega con ella, ya que todos sus males provienen de la mano titiritera que mueve los hilos de sus emociones. Porque si la niña juega feliz con su muñeca, Barbie será feliz, y al contrario. Todos los miedos que experimenta el personaje a lo largo de este periplo están bien perfilados, y muy bien interpretados por Margot Robbie que le aporta sensibilidad y hondura a la rubia estereotípica a la que representa. Esta Barbie pensadora tendrá que decidir a lo largo de la trama cuál es su papel en el mundo.
Lo segundo que me ha gustado ha sido Ken. Diría que es lo más sobresaliente. Este Ken de Ryan Gosling bobalicón y débil, que vive relegado al ostracismo (como todos los ken en Barbie Land, por otro lado) pavoneándose delante de Barbie para reclamar su atención sin obtener grandes resultados.

Cuando descubra que en el mundo real los hombres tienen el poder e implante el patriarcado en Barbieland llegarán los momentos más divertidos del film que giran, casi todos, en torno a él o al resto de personajes masculinos, como el tontorrón de Alan. Alrededor de Ken se construyen las escenas más hilarantes como la lucha entre los kenes a lomos de caballos de juguete, la coreografía en imitación del Hollywood años 50 como pura autoafirmación de su valía o el momento en que finalmente Ken comprende que tiene que iniciar una nueva vida sin Barbie sufriendo así una repentina crisis de identidad. Ese plano de Ken bajando por el tobogán rosa intenso de la casa de ensueño de Barbie mientras canta eufórico “I dont know who I am” (no sé quién soy) excitado ante el futuro emancipatorio que brota ante sus ojos es para mí lo mejor de todo el metraje.
Así que digamos que la película es entretenida sin más, a pesar de que se ríe de todos los hombres que desfilan por la cinta como guiño al público femenino, y no llega a configurar ningún manifiesto feminista como se estaba pregonando. Obviamente porque se trata de un producto comercial que aspira a llevar muchos espectadores al cine. Lo cual creo que tampoco está mal.