CULTURA

MARZO Y LA LIBERTAD

Ha sido marzo para mí el mes de la pureza y la libertad, y os paso a explicar por qué. La culpa la tienen Roca Rey, Albert Serra y la cantante Vega. Tres nombres. Tres lados de una pirámide que confluyen en un mismo vértice: el del compromiso con tu profesión, el de la esclavitud elegida hacia una vocación, caiga quien caiga, incluso tú mismo.

Empezó intensa la tercera hoja del calendario con la impactante Tardes de soledad, un documental vibrante, una intervención cinematográfica en el oficio del matador de toros por un director con ojo de lince y pulso de buen cirujano. El séptimo arte modelando con imágenes y sonidos el lenguaje del toreo. Serra nos ha ofrecido una mirada sobrecogedora, honesta, cargada de significado estético y ético; y además exenta, gracias a Dios, de política y de folcloreo. Es una figura curiosa la de este cineasta, con apariencia de roquero de la movida vestido para un desfile de Prada , que se desenvuelve en las entrevistas entre la desgana y el autoconvencimiento. He visto estas semanas varias de sus charlas en Youtube y me parto de la risa con su menefreghismo, término italiano que describe una actitud y que la RAE define con varias acepciones:

1. Meresbalatodoloqueustedopine;

2. Meimportaunpedoloquepiensenlosdemás;

3. Señorayamíquémeestácontando.

Sus respuestas sin nada de corrección política son lo más fresco e independiente que vais a encontrar en el panorama actual de los creadores patrios.

Y se lo puede permitir: ha creado una obra maestra, original y profunda, que supone toda una experiencia para el espectador. Pero de las que hay que catar en la sala de verdad, con la pantalla grande. Algo muy cercano a la vivencia mística, con un halo de misterio, de ensoñación. Serra le ha hecho a la tauromaquia una biopsia como si fuera la vida misma, enfrentando al espectador con su propia naturaleza humana.

“Para mí, mi mundo, el mundo del toreo es el resumen de la vida, nunca he visto la vida resumida en ningún mundo más que en el toro. Existe la belleza, la frialdad, la pasión, la entrega, la vida, la muerte, la sangre, el triunfo, la gloria, el fracaso y las lágrimas. Las lágrimas…muchas tardes…hasta las de triunfo”. Son palabras del protagonista del documental, Roca Rey, durante la entrevista con Vicky Martín Berrocal en su pódcast de salón minimalista. Una conversación calmada, con un tempo que recuerda al ritmo en la charla de Jesús Quintero. El torero también le ha contado a la andaluza que fue una tarde de corrida en Cuenca cuando vio con claridad que necesitaba urgentemente un cambio de tercio en su vida. Ha confesado que, aun estando rodeado de gente por todos lados, se sentía solo y vacío. No sabemos si este punto de inflexión vino provocado por algún aspecto concreto de nuestra ciudad o si sencillamente ese día las tribulaciones que le estaban atenazando explotaron todas juntas en su mente y fue entonces que tomó la decisión de operar ciertas modificaciones en su propio ser. A partir de ahí, declara que se retiró un mes en Suiza para reflexionar, escribir y reconfigurar su yo interior. Roca Rey, que según pasan los años me sigue pareciendo un niño demasiado alto para su edad, dice que dialogar consigo mismo es la clave para ser feliz, que eso le mantiene centrado y le asegura su bienestar mental. De toreros filósofos no estamos muy sobrados en este país, si no me equivoco. Y eso me tiene fascinada.

Leí hace unos días su entrevista para el Abc dominical y, preguntado sobre el documental de Serra, su contestación resultaba un poco vaga y generalista porque evitaba hacer una valoración del film. Es curioso porque Serra ha afirmado en más de una ocasión que al torero no le gustó el documental por considerar que no respondía al rigor cronológico que había supuesto su exitosa temporada, que con el paso de los meses fue de menos a más. Seguramente el torero imaginaba otro estilo de narrativa en el montaje, que no se ha correspondido con las intenciones expresivas del director catalán.

Es aquí donde surge una sugestiva discrepancia entre dos artistas, dedicados en cuerpo y alma a su oficio, respecto al modo en que cada uno tira para su lado y se justifica en base a la honestidad hacia su propia disciplina. Dice Serra: “El tenía la razón moral, yo tenía la razón estética”[1]. El torero quiere lucirse y reflejar su progresiva mejoría. El cineasta quiere lograr un buen documental. Este compromiso es paradójicamente lo que les une en el fondo. Esta intención de permanecer íntegro en tu trabajo revela el alto grado de deber ético respecto a tu profesión. Por ejemplo, Roca Rey lleva tiempo afirmando que va a torear menos para poder ofrecer faenas de más calidad, y es una decisión que le honra. Muy cerca de esto, Albert Serra repite por activa y por pasiva que él ha hecho y va a seguir haciendo sus películas como le venga en gana y que le da igual si tienen éxito comercial o no.

Y aquí es donde entra en escena la tercera en discordia: la cantante cordobesa Vega, que el sábado 22 de marzo brindó un concierto memorable en la sala But de Madrid. La artista sacó el pasado otoño un disco brutal, Ignis (fuego en latín), al cual se propuso insuflarle tanta alegoría que, cuando coges el vinilo, cubierto por un barniz negro termosensible, tienes que quemarlo si quieres ver la portada. Literalmente. Y viene incluso con las cerillas. Un disco que se mueve tremendamente cómodo en el terreno de lo conceptual y que cautiva con sus once pequeños grandes himnos para nuestras pequeñas grandes derrotas y victorias personales. Con este álbum, Vega pretende cerrar el círculo de los cuatro elementos tras Wolverines (2013), tierra; La reina pez (2018), agua; y Mirlo Blanco (2022), aire. Ella lo explica así: “Quizás no nos damos cuenta que cuando pasa un fuego y nos arrasa, quedan cenizas nuestras ahí. Y hay que ver el fuego no solamente como algo que arrasa sino como algo que purifica”[2]. Y entonces el Ave Fénix asiente, complacido. Todo un juego de metáforas que vuelan libres dentro de estos once renaceres forzosos y forzados, aderezados por la mano de Ricky Falkner, habitual de Iván Ferreiro y Los Planetas, en una producción exquisita, rotunda, potente e inteligente, con estribillos tan pegadizos como catárticos.

Con su pelo larguísimo -entre la cantautora hippie, la “Marinero de luces” y niña de secta religiosa en “La Mesías”-, re-vestida (se cambió de outfit) con unos pantalones negros de lentejuelas y la camiseta del álbum “Una semana en el motor de un autobús”, y con la guitarra pegada a las entrañas, Vega nos ganó a todos con sus desahogos dolientes y sus mensajes de fortaleza y rebeldía, peinándose y despeinándose la melena y el alma en cada canción. Y se mostró como creo que es: talentosa, altamente sensible y vigorosamente resistente. Se emocionó en varias ocasiones y reivindicó su lugar en una industria cruel de consumo rápido que cada vez entiende menos de música y más de fast food. Un momento conmovedor cuando el público levantó en mano y en alto los crisantemos que se distribuyeron a la entrada (mi amiga y yo nos quedamos sin flores -emoticono de resignación- ¿dónde estaban esas personas que las repartían?), extendiéndose en ese momento ante el escenario una alfombra de pétalos blancos, como un campo que rebrota en primavera, para acompañar a una canción en la que se despide “con amor” a alguien que te hizo trizas en el pasado. Fue imposible mantener sobrias a las emociones.

Quiero desde mi humilde rincón reclamar a Vega por sus composiciones y su calidad como músico. Se merece brillar en escenarios de mayor dimensión que la puedan emplazar en un lugar menos marginado y más resplandeciente. La banda que le acompaña, compuesta por seis personas, que incluyen al propio Falkner, sonaba demasiado bien para una sala tan pequeña. Vega y sus canciones personifican la esperanza para ese tipo de música, fruto del saber hacer y de la agudeza tanto en las letras como en lo sonoro, que podría fácilmente pasar a ser banda sonora de tu vida si le das la oportunidad, y que ya casi debemos catalogar como anacrónica. Ella sigue nadando a contracorriente, como su “Reina pez”, frente a una industria dedicada a pergeñar churros en vez de temas musicales con algo que decir. Siempre crítica y combativa, hace gala allá donde va de su empeño por no doblegarse ante el Goliat estructural al que una vez perteneció: hace años, cansada de no sentirse valorada, se bajó del barco para remar por libre y al final montó su propia discográfica: La Madriguera.

Y así, impulsados con sus propias fuerzas, van el torero, el cineasta y la cantautora, avanzando cada uno por su camino. Tres seres consagrados a la expresión artística y que representan la pureza de la entrega a una pasión. Una entrega que cobra peajes y que tiene mucho de arrodillarse ante el altar del sacrificio como primer paso antes del sublime momento de crear, ya sea toreando, dirigiendo una película o dándole forma a una canción.

Tres artistas que perseveran en su afán de libertad, creativa y personal, y que conmigo han dado en la diana. Me han atravesado de norte a sur, y de pulmón a corazón. Me corroe la envidia hasta el infinito. Son valientes, perspicaces y obstinados. Pero, por ese mismo motivo, les admiro profundamente.


[1] Canal Filmoteca Española, (14/12/24), “Albert Serra presenta Tardes de soledad” (2024). YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=AtQ7B9wTW20

[2] Ivànyez, Javi, Canal “eh!”, (21/11/2024), “VEGA | El Escaparateh! de Javi Ivànyez 3×12”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=pOfNTVCAc4E)