LIBROS · RESEÑA

Un tiempo propio

(“Una habitación propia” reúne cinco conferencias escritas por Virgina Woolf en 1928 dirigidas a mujeres universitarias en Cambridge. Un ensayo que, como sabemos, ha influido fuertemente en todo el feminismo posterior hasta el día de hoy)

Leí el archifamoso ensayo de Virgina Woolf hace más de veinte años, cuando aún estaba estudiando Bellas Artes, y no me causó ningún tipo de impacto. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ayer lo cogí de nuevo entre mis manos y apenas terminado esta mañana, me he sentado al ordenador para escribir una breve actualización en respuesta a sus palabras.

La tesis de la escritora inglesa era bien clara, una mujer para poder dedicarse a la escritura necesitaba una habitación propia y quinientas libras al año para poder mantenerse económicamente. A partir de ahí, echa la vista atrás, al periodo de Isabel I, para poner en evidencia la desfavorecida situación social que las mujeres han padecido a lo largo de los siglos en Inglaterra y que les ha impedido, a aquellas que  sentían el deseo de plasmar por escritos sus pensamientos, elegir el camino de la creación sin cortapisas. Obviamente, las mujeres vivían sometidas al dictado de los hombres y a las exigencias derivadas de los hijos y de la casa, una barrera que les imposibilitaba tomar sus propias decisiones sin presiones, juicios externos o incluso violencia física. El encorsetamiento fruto de la estructura social imperante, indica Woolf, nos ha privado de contar con muchas más escritoras de las que actualmente conocemos.

A partir del siglo XIX, a pesar de las fantásticas escritoras inglesas que se arriesgaron a escribir con aspiraciones literarias (Austen, las hermanas Brönte, George Sand), insiste Woolf en que seguramente lo hicieron condicionadas por sus circunstancias más próximas, lo que tampoco les permitió expresarse, ni en forma ni en contenido con total autonomía (los capítulos 3 y 4 son los más interesantes en cuanto a análisis literario). Sin embargo, cabe destacar que por fin las mujeres se lanzaron a escribir historias que de forma evidente para el lector habían salido de una pluma femenina. No trataban ya de imitar ni el estilo ni las tramas impuestas por los hombres escritores.

Ahora, cambiemos de contexto, ¿cómo está el panorama en la actualidad para una mujer que decidiera ponerse a escribir, a pintar, a actuar o a dibujar de manera profesional? A pesar de que la posición social de las mujeres ha mejorado respecto a 1928, algunas cuestiones permanecen intactas. Me refiero sobre todo a las madres trabajadoras. Pongamos el ejemplo de una mujer que quisiera dedicarse profesionalmente a la ilustración de cuentos, pero que en la actualidad se gana el pan en una oficina: ¿cuánto tiempo tendría disponible trabajando todas las mañanas de lunes a viernes con dos niños en edad escolar, y con un marido que a su vez trabajara con horario partido de nueve a dos y de cuatro a siete? Poco espacio para la maniobra habría por las tardes, entre actividades extraescolares, deberes, cenas, duchas y demás imprevistos. Quizás nuestra madre trabajadora podría sentarse a dibujar durante media hora, con suerte una hora, mientras los niños han terminado los deberes y se entretienen jugando. Pero seguramente las interrupciones serían tan constantes que al final se enervaría y acabaría por apagar el ordenador o cerrar el cuaderno. Podría esperar a que llegara su marido para que se ocupara de las duchas y la cena, pero a veces el marido ha quedado para jugar al pádel o para tomar unas cervezas con los compañeros de trabajo. Así que, su pequeño gozo, en un pozo. Alomejor durante el fin de semana la cosa cambiaría y tendría un poco de tiempo que destinar a sus ilustraciones, pero llegarían los partidos de fútbol de los niños, o la exhibición de judo, o el teatro de marionetas en el centro de la ciudad… El sábado y el domingo han pasado deprisa y sin hueco para estar sola y poner orden en todas las ideas que le bullen en la mente. Así, pasa una semana y otra, un mes y otro mes. “Quizás en verano sea posible”, “quizás en Navidad”, “quizás en Semana Santa”. Quizás, quizás, quizás.

La frustración crece, los nervios se alteran y en la mayoría de casos se acaba renunciando a una vocación que llama a la puerta todos los días, esperando a que alguien le haga caso. Pero en esta sociedad en la que vivimos, o intentamos “vivir”, la falta de tiempo es la enfermedad más extendida a tenor de las quejas que todos los habitantes del primer mundo proferimos. O al día le faltan horas para llegar a desarrollar todas las cosas que tenemos pendientes, o realmente somos nosotros, que demostramos una incapacidad permanente para organizar nuestras tareas en base a un horario productivo.

Ahora poneos en esta situación: la madre trabajadora decide enfrentarse a la despiadada apisonadora de la rutina y quiere ponerse a dibujar o a escribir en serio. Para ello pide una tarde libre a la semana para poder estar tranquila y pensar con claridad. ¿Qué ocurriría? ¿Creéis que la gente de alrededor la apoyaría, su marido, sus amigos, sus familiares, y que harían todo lo posible para respetar ese paréntesis que la madre está solicitando? ¿O sucedería que se toparía con la incomprensión y el enfado del marido, la crítica de los amigos y los reproches de los familiares?

¿Cuál es sinceramente la realidad en la que nos hallamos?

No solo se requiere de un espacio para la concentración, como pedía Woolf, y de una vida semiordenada que te permita vivir sin demasiadas carencias económicas, sino que se torna indispensable disponer de un tiempo propio, un tiempo sin niños que te reclamen ni marido que pregunte por ti, sin llamadas de teléfono, sin obligaciones laborales, sin tener que pensar qué hacer para la cena ni qué comprar en el súper. Un tiempo libre de ataduras dedicado exclusivamente a la creación, ya sea literaria, pictórica o fotográfica. Y algunos dirán, “pues si quieres ser artista, no te cases y no tengas hijos”. Y ahora alguien con dos dedos de frente que me explique cuál es el razonamiento válido detrás de esta gran estupidez. ¿Por qué tenemos que elegir entre una familia y una vocación? ¿A cuántos hombres artistas se les pregunta cómo llevan ellos la conciliación familiar, cuántas horas pasan al día con sus hijos o si sienten remordimientos por ocuparse demasiado de sus quehaceres? Y aquí entramos en el peliagudo asunto de la culpabilidad, que viene de regalo con el parto, y que cada madre siente cuando se concede una pequeña parcela de autocuidado, o simplemente de anhelado aislamiento, con el temor de estar convirtiéndose en peor madre por ello. Es todo tan absurdo y tan injusto pero, seamos honestos, es precisamente lo que está sucediendo.

Por lo tanto, decidme, ¿qué es lo que se precisaría para fomentar la aparición de más mujeres escritoras, directoras de cine, pintoras, fotógrafas…? Me gustaría saber vuestra opinión. Os leo.

LIBROS · RESEÑA

Un amor, de Sara Mesa

Esta tarde he terminado de leer la novela “Un amor”, de Sara Mesa. Me la he bebido en dos días. Hoy es Sábado Santo, 30 de marzo, y esta semana ha llovido tanto en Cuenca que se han suspendido prácticamente todas las procesiones. Ha sido con seguridad la Semana Santa más deslucida desde hace muchas décadas en nuestra ciudad.
He comenzado a redactar esta pequeña reseña al calor de las poderosas imágenes del film “La historia más grande jamás contada”, que están pasando por el canal Trece. No la he visto desde el principio, pero llevo ya un rato escuchando al portentoso Max Von Sydow (probablemente el actor que mejor ha encarnado a Jesús de Nazaret) esparcir mensajes de amor entre los habitantes de Galilea, y ahora, mientras carga con su pesada cruz camino del monte Calvario, alguien aparece para auxiliarle (Sidney Poitier) y llevarle la cruz durante algunos metros, en un gesto de arriesgada generosidad. Y pienso en cuánto amor hay en ayudar al prójimo de manera altruista, como hace el Cirineo con Jesús, y en que poco amor hay en “Un amor”, la novela escrita por Sara Mesa.

En ella, el personaje principal es Nat, una joven traductora, llena de dudas y con una actitud bastante pusilánime, que acaba de dejar su trabajo para trasladarse a una vieja casa pero de alquiler barato en La Escapa, una pequeña zona rural de España. No ha elegido este pueblo por placer, sino por necesidad. Y desde el comienzo, todos los factores parecen sumarse en su contra: la casa está destartalada, su casero es un ser abominable, el perro que este le lleva a petición suya es antipático y desastrado, y en el pueblo, la desconfianza transita plácidamente y salta como una pulga de casa en casa. Tan solo Píter, al que llaman “el hippie”, brindará a Nat un pequeño destello de amistad, aunque siempre le parecerá que él guarda otra intención. Porque Nat no se acaba de encontrar a gusto ni con ella misma, ni con la casa (que no para de mostrarse defectuosa) ni con los que tiene alrededor.


Debido a su soledad y a la desubicación que padece, tanto emocional como profesionalmente (se está iniciando con la traducción literaria, pero le resulta tremendamente complejo el hecho de tener que elegir entre una palabra y otra), se ve inmersa en una extraña relación con un vecino, Andreas, que levanta suspicacias entre todos los convecinos y que representa una de las figuras masculinas básicas a lo largo del relato. Un hombre distante, con el que es capaz de fundirse físicamente para gozar del placer sexual, pero al que desconoce por completo y que nunca hace el esfuerzo de conectar con ella ni con sus emociones. Eso la descoloca aún más  y acaba naufragando en su propio horizonte de expectativas no cumplidas. El nexo que les une deriva de la atracción física a la frialdad y el distanciamiento, lo que provocará la ruptura. Andreas despertará en Nat un insondabile desconcierto que ni ella misma es capaz de comprender, al tiempo que desata sus celos más primarios en un proceso de animalización que la lleva a realizar actos poco razonables.

Además Píter, el amigable vecino siempre dispuesto a ayudarla, reacciona contra ella cuando más apoyo necesita como consecuencia de un incidente con el perro, que ya había empezado a darle a Nat alguna muestra de cariño. Aparte, tenemos a la familia modélica que ha heredado la casa de la parcela aledaña. Una familia en apariencia perfecta que, sin embargo, puede convertirse en diábolica en cuestión de segundos. Otros personajes que intervienen en la trama son el matrimonio de ancianos, abandonados por su hijo, que sobreviven cada día a pesar de la demencia de ella y la incipiente ceguera de él. Es destacable, sobre todo, la presencia de la mujer, Roberta, la antigua maestra del pueblo, que le insiste siempre a Nat, con frases que aparentemente carecen de lógica, en la falta de comprensión entre unos y otros dentro del microcosmos hostil que es La Escapa.


El lenguaje, la comunicación, resultan esenciales en el desarrollo de los personajes. Nat está constantemente intentando entender el mundo que de repente se ha convertido en su hábitat, pero al que no es capaz de acoplarse, quizás porque ni quiere ni puede. Y ya dijo Darwin que no sobreviven las especies más fuertes ni las más inteligentes, sino las que mejor se adaptan a los cambios de su entorno. Nat, no se siente fuerte y va poco a poco perdiendo la batalla de la adaptación y la aceptación de su persona, reencarnando un proceso de desromantización del mundo rural en toda regla, en un momento como el actual en el que nos parece que todas las soluciones a nuestros problema están en el abandono de la vida urbanita frente a la idealizada vida rural.

En consecuencia, respecto a la cuestión ¿el medio hace al hombre o es el hombre el que hace al medio? Sara Mesa parece situarse en el segundo bando, pues los lazos de difidencia y egoísmo que determinan la idiosincrasia de un lugar son producto de las acciones cotidianas de sus habitantes. Somos nosotros con nuestros actos los que revestimos los espacios de mayor o menor habitabilidad. No obstante, la autora le regala a la protagonista en la escena final un hilito de paz, una pequeña victoria que arroja un poco de luz y esclarece el polvoroso camino que ha recorrido hasta ese momento.

MÚSICA · RESEÑA

QUASI INTERESTELAR

A mí me pasa que me da miedo enfrentarme a ciertas canciones de Pablo López como me da miedo ponerme delante de un Tápies. El miedo que se mezcla con la pereza de no querer asomarse al abismo, de no dejarse caer, porque no sabes por qué agujero de la madriguera vas a salir ni con cuantas heridas.

Me sucede sobre todo con “El patio”: confieso que he cambiado de emisora muchas veces en cuanto empezaba a sonar. Me parece más que una canción pop. Me parece algo más que una canción. Me asusta escucharla porque me lleva a rincones oscuros que no me gustan, me resulta incómoda y además me duele. El mismo lío tengo con Quasi porque me lleva de la mano a las tinieblas, me arrastra a la inestabilidad y me deja sola entre lo cierto y lo incierto, en el mismo terreno pantanoso que se pisa cuando uno abre los ojos y despierta cada mañana: esa zona imprecisa entre el sueño que agoniza y la realidad que se apoya en los párpados para hacer sentir todo su peso.

Quasi empieza tortuosa desde la primera estrofa, con una incisiva estructura en anáfora que se repite durante toda la canción. Y ya la sensación de incertidumbre aparece para quedarse. En seguida el texto estalla con un grito en imperativo (que nos lleva al inicio de “El patio”, y que aparece como fórmula constante en sus composiciones) advirtiendo del peligro latente mientras la voz se eleva y suelta toneladas de un aire impregnado de fuego.

La potencia de la parte instrumental en el “estribillo” (o lo que a mí me lo parece) surge como una alarma antiincendios que sigue avisando del riesgo. Y cada vez que le llega su momento, explosiona con más fuerza, como un loop de auténtica catársis para el oyente. Y en este ímpetu de los metales, nuestras emociones más enrevesadas encuentran el terreno ideal para expandirse en varias vueltas de montaña rusa. Una vuelta por cada línea melódica que dibujan el trombón y la trompeta.

Hay muchas partes en otras canciones del autor que consiguen sumergirte en un inesperado viaje sideral por el espacio y el tiempo, y que te obligan a bucear por un cielo negro con pocos astros a los que agarrarte. Y esto creo que ocurre, por una parte, gracias a las letras, al no limitar los versos a un lugar y tiempo histórico concreto. En Quasi no hallamos referencias al imaginario colectivo socio-cultural que compartimos, no hay casas, ni coches, ni calles, ni bares; como sí ocurre, por ejemplo, en los textos de Sabina, de Serrat, de Aute… plagados de nombres propios, lugares o sucesos que todos conocemos. Aquí se nos presenta un mundo de experiencias en abstracto donde se explora la duda y el miedo.

Respecto a la línea temporal, solo contamos con verbos en presente lo que nos impide movernos hacia atrás o hacia adelante en el desarrollo de la historia, dejándonos suspendidos en un eterno “ahora” (añadamos que el único adverbio de tiempo es un simple “hoy” en la última estrofa).

Por otro lado está la música, que transita entre lo bajo y lo alto, surcando valles y picos de gran intensidad desde el desasosiego y la poca estabilidad, algo que se manifiesta abiertamente en cada interpretación de Quasi por ejemplo cuando los instrumentos paran y se queda la voz desnuda cantando a cappella, o los momentos en que se silencian unos instrumentos para que suenen solo la percusión o el piano. Cambios constantes que subrayan la sensación de desequilibrio.

En un tercera nivel estaría la voz de Pablo López, que con su textura rasgada imprime más aspereza aún a la canción. Además, sabe cómo interpretar cada frase para darle un matiz determinado: a veces amasa las sílabas hasta hacerlas tan pequeñas que caben en un bolsillo; otras, les insufla tanto pulmón que les rompe los límites de la forma, las expande y las hace irrompibles.

Todo este sentido lúdico en su interpretación vocal me descoloca positivamente. Escucharle es como salir al recreo porque cada vez sé que va a ser distinta, porque cada vez se versiona a sí mismo. Quizás mi fonoteca mental está colapsada de negritud, pero incluso atisbo una fluente de soul subrepticio que a veces filtra a la superficie en unos melismas, giros y ciertas formas de enfatizar y emplear la voz que me llevan de excursión desde Alicia Keys a Stevie Wonder. Pero lo mejor no es esto, sino que ese tamiz soul que le veo (os recomiendo su episodio en “Escena en blanco y negro”, Amazon Prime) se fusiona en ocasiones con arrebatos y dejes propios del flamenco creando una hibridación mágica que conforma una personalidad única.

Y por todo esto me gusta Quasi.

Y por todo esto me gusta Pablo López.

CINE · RESEÑA

Barbie lee a Sartre

¿Cuánto jugasteis en la infancia con las Barbies? ¿Poco, mucho, nada? Yo recuerdo haber usado bastante la mía, la verdad, aunque es cierto que siempre preferí a la Chabel. Me parecía más cercana a mí, más antropocéntrica y más proporcional al mundo. Más renacentista, para entendernos.
Mi Barbie me parecía demasiado de todo: demasiado alta, demasiado rubia, demasiado pechugona,… Eso sí, yo vivía fascinada con sus pies. Ese pie con un empeine maravilloso propio de bailarina al que le quedaba bien cualquier zapato. De hecho, recuerdo haber comprado (ya veintrañera, confieso) un juego de zapatos para Barbie por el simple placer de cambiárselos de vez en cuando. Siempre de tacón, eso sí. Barbie siempre miró al mundo con unos centímetros extra.
Ahora, después de haber visto la tan publicitada película de Greta Gerwig, tengo que decir que no me ha fascinado. Ops.

No obstante, me han gustado dos cosas mucho de la peli. La primera, a propósito de perspectivas: la idea de que Barbie sufra síntomas que derivan en una crisis existencial, y que uno de ellos sea que sus pies dejen de tener un perpetuo arco y se vuelvan planos. Buen gancho metafórico. Es ahí cuando Barbie empieza experimentar su realidad de otra manera, más oscura y llena de incertidumbre. Para solventar esa fisura que resquebraja su proyecto de vida ya prefijado, tendrá que dejar Barbieland y venir al mundo real para encontrar a la niña que juega con ella, ya que todos sus males provienen de la mano titiritera que mueve los hilos de sus emociones. Porque si la niña juega feliz con su muñeca, Barbie será feliz, y al contrario. Todos los miedos que experimenta el personaje a lo largo de este periplo están bien perfilados, y muy bien interpretados por Margot Robbie que le aporta sensibilidad y hondura a la rubia estereotípica a la que representa. Esta Barbie pensadora tendrá que decidir a lo largo de la trama cuál es su papel en el mundo.
Lo segundo que me ha gustado ha sido Ken. Diría que es lo más sobresaliente. Este Ken de Ryan Gosling bobalicón y débil, que vive relegado al ostracismo (como todos los ken en Barbie Land, por otro lado) pavoneándose delante de Barbie para reclamar su atención sin obtener grandes resultados.

Cuando descubra que en el mundo real los hombres tienen el poder e implante el patriarcado en Barbieland llegarán los momentos más divertidos del film que giran, casi todos, en torno a él o al resto de personajes masculinos, como el tontorrón de Alan. Alrededor de Ken se construyen las escenas más hilarantes como la lucha entre los kenes a lomos de caballos de juguete, la coreografía en imitación del Hollywood años 50 como pura autoafirmación de su valía o el momento en que finalmente Ken comprende que tiene que iniciar una nueva vida sin Barbie sufriendo así una repentina crisis de identidad. Ese plano de Ken bajando por el tobogán rosa intenso de la casa de ensueño de Barbie mientras canta eufórico “I dont know who I am” (no sé quién soy) excitado ante el futuro emancipatorio que brota ante sus ojos es para mí lo mejor de todo el metraje.
Así que digamos que la película es entretenida sin más, a pesar de que se ríe de todos los hombres que desfilan por la cinta como guiño al público femenino, y no llega a configurar ningún manifiesto feminista como se estaba pregonando. Obviamente porque se trata de un producto comercial que aspira a llevar muchos espectadores al cine. Lo cual creo que tampoco está mal.